Pocos son los días donde hay menos de 10 decibeles en el aire y una cama lista para echarse a soñar; pues, ahí estaba, mirando las gotas de luz que resbalaban por el cristal de la ventana e imaginando ser una de ellas, mi rostro no expresaba sentimiento alguno, ni la mas mínima muestra de movimiento hubiera alterado mis gestos, inmóvil, como una serpiente esperando a su presa; tenia tantas cosas en la cabeza, el tiempo no pasaba por aquella habitación, la mesa cubierta por la capa de polvo de hace tres días y los huecos de los objetos que había cambiado de lugar, los párpados se cerraban tan lento que hacia tener una sensación de tranquilidad como si estuviera en el campo al final de la cruzada sobre los cuerpos de aquellos caballeros caídos que no pudieron volver; hojuelas con chocolate; a cualquier persona que no me conociese se le hubiera hecho raro que me pusiera a dibujar mariposas de colores con el dedo, sobre el techo que me era inalcanzable, ni alegrías, ni tristezas tocaban a la puerta, ningún pensamiento era bien recibido ese día, la mirada perdida en la sombra de las nubes que no dejaba pasar esos débiles rayos de luz que provenían mas allá de la tormenta y oponían resistencia a la oscuridad que quería exterminarlos; el frió se colaba por la parte baja de la puerta y que me recorría haciéndome temblar, no recuerdo cual fue el instante en que el suelo se levanto y las sombras ya no provenían de arriba, se colaban entre los canales de los azulejos que se iban haciendo opacos, las figuras de colores que aparecían cuando jugábamos con helio se desvanecían y me dejaban caer sola, el llanto era tan ensordecedor como si los dioses estuvieran hablándonos al oído, las paredes parecían de gelatina, un trozo de techo se desprendió y me corto el brazo haciéndome sangrar, no tenían soporte alguno, en cualquier momento todo se derrumbaría y quedaría bajo los escombros.
Bajo el edredón el calor era asfixiante, cerré los ojos y trate de calmarme, fue solo un instante el que estuve inconsciente, y cuando salí de debajo de las cobijas estaba todo igual que al principio, no estoy segura si fue un sueño, pero parecía real; aun seguía lloviendo esa tarde, mi mente estaba confusa, la hora era la misma y el sonido parecía tenerle miedo al viento, me senté, me puse las sandalias, y caminé a la cocina por un vaso de agua, creí golpearme con la esquina de un perchero y bruscamente me tembló el cuerpo, alcé la mano un poco para sobarme el brazo golpeado y, ahí estaba esa cortada......será mejor no pensar ni hacer preguntas al respecto, después de todo así terminan los locos...